Páginas

SÉPTIMO CIELO

Duván espera la hora acordada a dos cuadras del local desocupado, donde las citas completan una semana. Él sabe que al día siguiente ya no habrá piedra sobre piedra, que no habrá mañana, pues la guerra es inminente y su pueblo será el primero en ser atacado por los tanques que esperan al otro lado del río.

Llegadas las siete de la noche, Duván deja su puesto de guardia para encontrarse con su amada Sara, Entra al local abandonado y al verla escondida tras la sombra se lanza hacia ella para besarla. Sara lo abraza y como si el tiempo los persiguiera, se desnudan con la práctica que les dio las últimas noches. Duván la alza de una impulsada sobre la mesa de billar que ha soportado los siglos que estos dos han desbordado en sus encuentros.

Cuando por fin llegaron al ombligo de la noche y al haber hecho el amor por sexta vez, se escuchan los sonidos aterradores y apocalípticos de los tanques que avanzan, los primeros disparos contribuyen al futurismo sin futuro, la guerra empieza y mientras tanto ellos, cubiertos por un mantel y una sabana militar, intuyendo que en cualquier momento los alcanzará la muerte, inician su séptima faena.

Los corazones amantes no se cansan, sus cuerpos entregan toda su energía vital, Sara y Duván se aman como si no lo hubiesen hecho en años.

Afuera lamentos, gritos, palabras ofensivas, terror. Adentro gemidos, gritos de locura, caricias cadenciosas. Afuera los pasos desesperados de los que luchan por sobrevivir, huyendo de los hacedores de muerte. Adentro ellos se besan frenéticamente hasta herirse los labios, sangran y su sangre se mezcla con su saliva y su sudor, el humo de la Aldea que arde como sus vientres se les pega en la piel.
Pronto el relámpago de una bomba les da cuenta de sus labios destrozados y el sonido estruendoso marca el declive del éxtasis que los embriaga. La sordera momentánea es música que provoca la alquimia de lamentos amantes.
En la premura del tiempo ella lanza la yema de sus dedos entre el cabello de su amado, le besa la barbilla y recorre su mejilla hasta llegar sensualmente al pabellón de su oreja, la cual arranca de un mordisco sin que él quiera evitarlo. Luego se la come.

Tiembla la tierra cuando las naves dejan caer sus bombas sobre los edificios cercanos; el cielo intenta evitar la devastación, enviando una pusilánime lluvia que lo único que hace es darle a la escena un toque gris.
Sara desprende de su boca un dulce murmullo y le pide a Duván que la despoje de sus ojos. Sin decir una sola palabra, por última vez besa todos los momentos en los que se perdía en ellos; Inmediatamente toma su navaja de dotación y la introduce en sus cuencas para arrancarlos.

A tientas buscan sus bocas, se besan y lloran sangre, él no cesa de mecerse entre el vientre de su amada, quien busca sus manos para quitarle la navaja (las metralletas irrumpen el espacio de silencio) se presiente el orgasmo acunándose con rapidez y profundidad, ella apuñala la espalda de Duván y cuando por fin sus cuerpos tocan el cielo, una bomba augurada abre paso a su encuentro con la muerte.

¡UN PUEBLO DESTRUIDO! ¡ENFRENTAMIENTOS ARMADOS!, NINGÚN SOBREVIVIENTE…

Sorprendida por la noticia de ese lejano país, Sara cierra las páginas del periódico del día y aun en medio del letargo por la conmoción dirige su mirada hacia Duván, quien sentado en el sofá organiza su colección de estampillas y responde su mirada con ternura. Ella sonríe.



Leandro Sabogal
(2008)