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Veinte doce

La modernidad extiende su mano
y nos da un reloj a punto de morir,
un reloj que no trajo horas al mundo
sino taquicardias y nudos musculares.

El viento arrastra la basura en la calle,
todavía no conoce qué es la muerte en sus hijos.
Se cansa de jugar con sus cuerpos adormecidos
y se va dejándolos: Objetos comunes del paisaje.

Los muros de esta ciudad no dicen nada,
Basquiat se quedó en la isla de los muertos.
Él nos enseñó que los despojos humanos no merecen nada
y que ahora se rinden honores funerales a las cosas.

Si la tierra decidiera borrarnos en agua, tierra o fuego
los futuros pensadores tendrían
neumáticos y plásticos en su tabla periódica,
se ufanarían de haber creado la escritura
y la rueda y la máquina de vapor,
y sus mujeres lucirían cables de cobre en el cuello...
muy a pesar de los reproches de los ambientalistas de turno.



leandro Sabogal
10 Marzo 2011

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