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Réquiem a una dama inmortal

(Cuarteto N°14 opus 131 en do# menor, de Bethoven)
Adagio.

I.
La tristeza es una niña que llora
a la orilla de un lago en calma,
la noche ve su estampa en las aguas
y danza cruelmente a expensas de sus lamentos.

La tristeza es una hoja seca
que se la lleva el viento.
Ya nadie la extraña, ya nadie la añora.
...Quizás alguien se apiade
y la guarde entre las páginas de un viejo libro... que ya nadie leerá.

La tristeza es sólo un vago recuerdo
para engrandecer el gozo y
degustar una sonrisa a flor de alma.

La tristeza es un vago recuerdo
que espera su muerte en la estación del tren.

Una mancha en la tierra,
una mota entre una telaraña abandonada,
una tiza azul en una mesa de billar,
un tema indicado para hablar de la nada,
el nombre de un monstruo extinguido ya.

II.
En el cuarto más pequeño de la casa,
justo debajo de las escaleras,
tengo sus restos inmortales
entre un baúl, encadenada.

A veces le doy un respiro
y sentados, ella y yo,
hablamos de sus épocas de gloria,
cuando el reumatismo no afilaba sus huesos,
cuando se creía dueña del universo.

Iniciamos una partida de ajedrez que nunca termina.
Pues se lleva sus fichas a la boca para devorarlas con furia.
Acto seguido al ritual, lleva sus tristes despojos al baúl de su nostalgia.
Valga la redundancia.

La tristeza es un alma sin cielo ni infierno,
mucho menos se atreve a intermedios.
La tristeza le duele amarse a sí misma,
le duele ser o no ser.

(Sonata para piano N°32 en Do menor, Opus111,de Bethoven)


Maestuoso.

III.
Lleva sus manos a los bolsillos del pantalón: no hay nada.
Acomoda su sombrero y limpia sus zapatos marrón.
(en realidad es sólo un reflejo innecesario pues el polvo nunca cae en su juego).

Sale a caminar y derrepente descubre, para su desgracia, una leve sonrisa en su rostro.

Ella se lleva a sí misma en sus bolsillos.



Leandro Sabogal
(Agosto 2009)

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