Páginas

LOS FUNERALES DE ALBERTO

Cuando entré en el templo, me di cuenta que se estaba terminando una misa de funeral.
Estaba el ataúd frente al altar con dos velas a los lados, un perro acostado debajo con cara melancólica y el cura en el presbiterio haciendo los ritos de purificación de los vasos sagrados.
Nadie acompañaba al muerto, a excepción de un joven que subía los escalones hacia el ambón. Sus pasos retumbando el templo vacío y el olor a incienso combinado con formol acrecentaban mi curiosidad por escuchar su discurso. Me senté en una de las sillas de la mitad para escucharlo y de paso quemar tiempo mientras abrían las oficinas del banco.

El joven tomó aire, sacó un papel de su bolsillo y empezó a leerlo:
“Hace tres meses vivo en este sector de Bogotá. Recién llegué me dijeron que por estos lados es muy peligroso, que atracan a los transeúntes, incluso, a plena luz del día. Uno ve gente, de esa que ha caído en la desgracia de las drogas, gente a la cual le llaman indigentes, y a los que les atribuyen la inseguridad del barrio, gente que camina de forma muy extraña y que piden dinero a cambio de oficios innecesarios o a cambio de no enterrarles la navaja que asoman de su bolsillo; a veces se les ve haciendo sus necesidades, acurrucados con los pantalones abajo, en la esquina de la cuadra; otros durmiendo hasta el medio día en los andenes o inhalando pegante; otros limpiando vidrios (o rayándolos) o robándose los espejos. No sabía qué sentir por esa gente: Ira, compasión, lástima, dolor, tristeza, asco o indiferencia. No lo sabía y tal vez no lo sepa aún, pero conocí a Alberto.

La primera vez que lo vi, no hace más dos meses, se defendía de un brutal monstruo que estaba disfrazado de farol. Con tan solo un palo de escoba, que movía con gran agilidad, un escudo de cartón de su arsenal y luciendo una cinta amarilla en la frente batallaba incansable.
Nadie se había percatado del peligro que se avenía. Mientras los autos en sus eternas filas pitaban por avanzar al menos unos metros; mientras la gente caminaba como hormigas sin dirección, haciendo sus compras, hablando de la telenovela del momento, de los negocios; mientras los voceadores gritaban como de costumbre promocionando los yines de diez mil y el mundo seguía en su desorden normal, el sonido metálico de su palo de escoba contra el farol era la música de la salvación.

Al descubrir mi presencia en la escena me habló como si me conociera de hace mucho tiempo, – ya casito lo venzo compadrito – Su voz áspera y ronca tocó las fibras más profundas de mi cuerpo. De repente todos los demás éramos los locos y este hombre valiente que salvó el barrio de la devastación era el único cuerdo.

Otro día, después de misa, él estaba en el atrio lavándose la cabeza con agua bendita, me le acerqué y de nuevo me saludo con mucha familiaridad, le pregunté cómo estaba y me dijo que bien, luego me atreví a preguntarle otras cosas:
– ¿y usted dónde vive, o dónde duerme? – en la plaza San Victorino o allá en esa esquina. – Me respondió señalando con su dedo tronchado hacia cualquier lugar. –
– Claro que cuando llueve por allí a tres cuadras – completó.
– ¿y siempre ha vivido en la calle? – ¡no, no, no! compadrito. Yo vivía en Cúcuta, trabajaba en una fábrica de ropa con mis hermanos. La empresa era de mamá, pero ella murió y nos la dejo de herencia. Como yo soy hermano sólo por parte de papá, no sé qué chanchullo hicieron y me robaron mi parte, me echaron del trabajo y hasta me amenazaron con echarme los paracos. No ve que yo era el gerente y además el preferido de mamá, y esos me tenían envidia. – dijo con tristeza
– ¿y tuvo esposa? – Sí, pero esa vieja me dejó. Se fue con otro para Estados Unidos y se llevó a mi hija, bien chiquitina, “al caído caerle” como dice el dicho. No aguanté todo eso y me hundí en el alcohol, cuando me di cuenta estaba en el cartucho fumando lo que me encontrara por el frente, hasta que un día llegaron los tombos y nos sacaron a bolillo. Pasé una noche en el calabozo y de ahí me mandaron a un hogar de paso…–
Sin terminar de hablar siguió su camino, con su andar de Charles Chaplin a cámara lenta, luego en la esquina se detuvo a hablar con su perro, único compañero fiel.

Desde ese día cuando yo salía temprano para la Universidad o cuando nos encontrábamos en el camino, chocábamos los puños, lo saludaba con algún chiste y el me pedía para la cuota inicial de un tinto o me decía que ya iba para Monserrate a cuidar carros. A veces lo observaba mientras arreglaba sus cartones o jugaba con una pelota de caucho desinflada e invitaba a los transeúntes a jugar con él, también se la pasaba barriendo los frentes de los almacenes a cambio de comida o papel. Jamás lo vi robando o dañando a alguien, al contrario siempre fue respetuoso y querido por todos…”

Se le quebrantó la voz al joven quien detuvo su relato, luego continúo enérgico y muy emotivo pero ya sin leer el papel y dirigiéndome la mirada a mí, su único espectador:
“…Aunque no sé hasta qué punto… pues allá afuera están todos y aquí dentro el féretro del que salvó el barrio de un farol despiadado, del hijo consentido, del hermano odiado, el hombre libre, el hombre feliz, el que no tenía más que unos cartones y un costal de ropa vieja, aquí Alberto el barrendero, el loco, quizás el único cuerdo…”
El joven no pudo decir más y volvió a sentarse donde estaba. El cura dio la bendición final y se entró. Me quedé un rato algo conmovido. No fui capaz de acercarme a aquel joven. Vi la hora y salí de afán hacia el banco.

Después de hacer la diligencia volví al templo. No encontré al Joven por ningún lado pero el féretro todavía estaba ahí. Me acerqué al ataúd con la curiosidad de ver la cara del muerto. Levanté la tapa y descubrí que el féretro estaba vacío.


Leandro S.
(2008)

Cuaderno de hojas blancas


Dios prefiere no tener nombre
y el hombre no tener precio que lo limite.


Ver el horizonte en silencio.

Y el cuaderno que me diste
sin letras o trazos que le arranquen ese instante
en que luego de un abrazo lo dejaste en mis manos.

Una hoja en blanco también es poesía
cuando las palabras sólo roban la libertad del encuentro.

Para hallarte busco lo que el aire me trae por misericordia
lo que en mi memoria se esconde detrás de la nada.

Y en esa nada también te transparentas.
porque de ti amo hasta tu ausencia, (la que odio tanto).
porque de ti amo
el silencio...de la calle que caminamos.
porque de ti amo el cuaderno de hojas blancas.

Leandro A. Sabogal (marzo 2008)

Paloma mía

Paloma mía
que pones tu vista al cielo
anhelándolo y amándolo.
Quieres volar para perderte en su espesura.

Yo vuelo hasta donde mis fuerzas me dan,
buscando unos hilos
para construir el nido donde te esperaré,
cada vez que el viento te rompa las alas de cansancio.

Esperas el cielo,
para perderte en él,
y yo te espero
para perderme en tu suave plumaje.

¿Acaso no sabes que el cielo está en tus alas?





Leandro S. (octubre 2007)

ANACORETA

"SUPLICA" acuarela sobre papel de Leandro Sabogal






I. Duerme mi voz

Duerme mi voz
en el cajón de tu ropa,
respira tu aroma
mientras sueña despertar en tus brazos,
mientras sueña morir lentamente en tu boca
para resucitar mil veces.



II. Retiro espiritual

Mi corazón salió a caminar
a una montaña desconocida.

La selva lo alimenta,
la selva lo despoja de las banalidades.

No sé cuándo regrese,
no sé cuándo escucharé la música
que se estaba perdiendo entre lo superfluo.

No sé cuándo volveré a ser libre,
si acaso lo fui algún día.

Leandro Sabogal (12 mayo 2007)

Algo de mí

Mi convicción está en constante movimiento,
se mueve al vaivén de la pregunta eterna,
pero siempre firme e incorrupta
como un baúl que ni yo mismo sé abrir.

Mi corazón es el mundo
lleno de agua salada no apta para beber.
Un universo de bondades y banalidades,
con un centro de fuego deseoso de explotar.

Odio de mí, la falta de aventura,
el miedo a equivocarme, equivocarme
y la lentitud para corregir y absolverme.
A veces olvido que el tiempo ayuda a olvidar
pero no perdona.

Amo de mí lo que todos saben de mí,
pero amo por encima de todo
lo que sólo la mujer que amo sabe de mí.
aunque ni ella ni yo sepamos decirlo.
(tampoco es necesario hacerlo)

Leandro Sabogal (14 sept. 2008)

Mwza

Bwxcáre poesinte n’la cajicha d’amóre
l’son d’zus oxos que wmerje enel fondou
mise swenhos tascitwrnos perdidous sine rwmvo
ine mwndow olvidaio, sine pasaiow ou fotwroz.

Bwxcáre n’zux mirates la swave textwra
d’zux swenhos dwlxes tenderé q’ncontrare
expero mis detinou no cambied erwta
in ze destraiera pour labious deswave cayare.

Leandrou (1999)
En la fecha que Márquez crea polémica entorno al tema de la ortografía

TODO EN SILENCIO... PUEDE SE UNA EMBOSCADA

ALMA:
Si en tus recuerdos ves algún día
entre la niebla de lo pasado,
surgir la triste memoria mía
medio borrada ya por los años,
piensa que fuiste siempre mi anhelo.


Y si el recuerdo de amor tan santo
mueve tu pecho, nubla tu cielo,

llena de lágrimas tus ojos garzos.
Ah! no me busques aquí en la tierra

donde he vivido, donde he luchado,
sino en el reino de los sepulcros
donde se encuentra paz y descanso.

Vuelvo a mirar...

...Pienso que nacimos para vivir por siempre separados,

que no es una la senda que seguimos.

...Que la lumbre que cercana vimos
fue visión de tu amor y tus cuidados.

Y al comparar la realidad penosa
con los paisajes de ideal que miro
en el fondo del alma lastimosa
para tu dulce amor -niño piadoso-
para tu dulce amor surge un suspiro.

FRANCISCO:

Cómo puedo desde aquí
desde este tan frío silencio
que también se ha apoderado de mí...
y que tanto daño te ha hecho

Decirte con una mirada
que mi alma te reclama en las noches
y me reprocha la piel el agua de tus besos
decirte que estas manos te extrañan y yo también.

Está enfermo nuestro amor pero no ha muerto!
la magia sigue, la lucha también!
ahora es cuando!
ahora es cuando!

Oh! princesa guerrera mía aun mía
dos países se necesitan para la guerra
y mi corazón esta en guerra
aunque halla sangre por todos lados
entre sollozos hay guerra
desahuciado el amor hay guerra
y después de la noche la mañana.

Mi corazón aun es tuyo
hermosa mía
mi corazón reposa y llora
mi corazón no sabe si latir o dejarse morir
pero es tuyo.
pero es tuyo.... yo no se tener corazón.


ALMA:
A la dama blanca, osada y valiente
hoy en tiempo de soledad
se le ha calcinado la sonrisa
se encuentra impenetrable y absorta.

callada y abstraída en su silencio
cómplice se hace el mundo
en medio del dolor
y del verde que muere poco a poco,
cómplices los ojos, las bocas, las palabras
y hasta la piel de universo que la rodea.
Cómplice de aquel amorque en este tiempo de soledad

agoniza en su pechosin miras de resurrección alguna
o de querer despertar de nuevo.

¡El mundo se pregunta por qué! ¡Por qué tanto dolor!
¡Tanta soledad en un corazón tan puro!

Todo se ha hecho silencio,hasta la misma distancia.
La luz, la oscuridad,
la noche y hasta las melodías que le traen su voz.


todo la condena:
haber amado en soledad,
haber sanado sin habérsele pedido… haber…haber.
Todo se ha hecho silencio.
No hay nada mas…
El olvido es su futuro mas próximo
se niega a izar, de nuevo en su alma,
la bandera que hoy sangra:
El nombre del hombre mas hermoso...

dueño de aquellas manos suaves y cálidas
que hoy están heridas en batalla...una heroína condenada al exilio.

FRANCISCO:
No sé si para sacarte del Seol
debo crucificar mi corazón
y darte mi sangre para redimirte.

Aunque temo ser el verdugo
que rompió los cristales mas puros de tu amor


Alejandra Torres (escribió a ALMA a excepción del primer capítulo de quien se desconoce el autor)
y Leandro Sabogal (escribió a FRANCISCO)

(jun de 2007)

.......¿A DÓNDE MIS OJOS CAÑA?.......

A dónde fueron mis palomas espantadas, a dónde mis ojos caña,
A dónde las manos de luz, de paz y guerras. ¿a dónde?
Huyeron despavoridos, en busca de un lugar para dormir en calma...
Ya no la guerra de caricias, ya no la guerra de te amos.
Nos persigue la muerte, el llanto y el frío.
En mi mente tu sonrisa cálida y cadáveres en el Río.
A dónde fueron el viento y sus buenas nuevas...
Dónde, las noches, con mi amada, durmiendo entre mis brazos
a dónde sus ojos caña.
¿¡Dónde!?

Leandro S. (2007)

POESÍA ENFERMA

I. infectĭo

Recuerdo que una risa
vagaba en el viento
pero en un descuido chocó en mi pecho
y quedó adherida a mí varios años.

Ahora no sé cuándo la perdí, (o huyó de mí)
cuando ya no sabía vivir sin ella.

Yo tenía hojas con canciones
y desde un barranco hice aviones
los arrojé para que besaran el viento
y se llenaran de libertad…

Quizás en alguna de esas caídas
la risa que alguna vez fue mía
escapó para seguir su rumbo.



II. Afflictĭo


Tenue risa, algo forzada
me lleva a un abismo,
me lleva las horas contadas,
me lleva a las horas de lluvia.

Su voz llena de arrugas,
mis manos con su voz atadas,
me lleva la cuenta de mis suspiros,
me lleva a pensar que está enferma.

Poesía ojerosa, cristalina
ya no cantas en mi oído,
sólo escucho gemidos,
solo, escucho gemidos.

Cómo le cuesta a mi alma cansada
arrancarse los trapos de su boca,
llora impotente su desgracia,
poesía triste, poesía enferma.

Dónde están las días
entre esta triste noche
dónde está la herida
dónde un asesino que la mate.

Ya no corre sangre por tus venas:
camina temerosa y vana.
Ya olvidó a quién perseguía,
ya olvidó de quién huía.

Y esos ojos desorbitados
no tardarán en chocarse
con una mirada precisa
o con el valle de las lágrimas.




III. lamentum

Sáname esta poesía!

Tenue risa algo forzada
fue el aroma que dejó:

Hijo suyo,
cadáver que me contamina
el vinotinto de la noche
que me embriaga el día
y por eso no despierta.

Sorda y seca mi poesía,
languidece aquí postrada
en la punta de mi lengua
enredada con el nudo
que mi garganta oprime.

Sálvame esta poesía,
este corazón no aguanta
tantas letras inflamadas
infectadas por la risa,
risa pasajera y dulce
que asesinó a mi alegría.

Sáname,
sálvame ésta:
mi triste
y enferma poesía
que duró tanto tiempo sola.

Leandro Sabogal (13 agosto de 2005)